Ser concejal
José María del Pino 
Cuando se llega a cierta edad y se tiene acumulada alguna
experiencia, se corre el riesgo de creer que uno ya sabe de la vida. Nada más
lejos de la realidad; cualquier pequeño cambio en nuestras rutinas nos
demuestra que no sabemos nada y que la vida aún nos reserva sorpresas.
Siempre he creído que las personas valen por lo que son; aunque las
circunstancias condicionen permanentemente nuestra trayectoria y cada cual, como
un nadador de fondo, procure mantenerse a flote y salvaguardar las fuerzas y la
dignidad para seguir adelante. Creo firmemente que la altura moral, la calidad
de la persona, está más allá del etiquetado social por pertenencia a grupos o
credos; y que al final cada uno es él mismo, independientemente de los vientos
a favor o en contra que en ese momento le soplen. Eso es lo que siempre me ha
parecido que era; me sorprende comprobar que no es tan así.
Hace pocos meses que entré en el Ayuntamiento; no puedo decir que casualidad,
pero sí desde luego cuando no lo esperaba. Lo hice por el grupo socialista,
aunque soy independiente y no milito en ningún partido; y, como concejal de
educación, archivos y bibliotecas, procuro hacer lo mejor que sé y puedo
aquello que considero beneficioso para la educación y para Priego; aunque, la
verdad, aún no he conseguido aprender bien el ejercicio que se espera de un
buen edil municipal. Procuro hacer compatible esta tarea con mi profesión
docente y vivo esta circunstancia en un permanente estado de estrés derivado de
la sensación de no estar rindiendo suficientemente porque podría hacer las
cosas mejor; aunque en el fondo sepa que no sería capaz; pero me esfuerzo todo
lo que puedo hasta el punto de que mi familia ya empieza a resentirse por mis
continuas desatenciones.
Sé que tengo mis defectos. Sé que no soy demasiado disciplinado en nada de lo
que me atañe; que tengo limitaciones que me ponen fronteras donde otros no las
tienen y que no soy nada ejemplar en según que cosas. No puedo presumir de
bueno ni de honrado más allá de lo que razonablemente se pueda atribuir a
cualquier persona normal y, por supuesto, no soy modélico para nada ni para
nadie; aún así, todavía me queda capacidad para sorprenderme ante la actitud
mezclada de torpeza, picardía y desconfianza que muchas, algunas, personas de
mi entorno me muestran desde «mi entrada en política».
Me parece notar, y me escandaliza, que personas que me conocen y tratan desde
hace años, de pronto, porque sí, me miran con la prevención que suele
derivarse de la duda o la decepción de pensar «este no es como yo creía».
Noto que he perdido la confianza de más de uno por el solo hecho de asumir mis
compromisos y, después de haber reflexionado sobre el particular, pienso que
poco o nada en mi conducta o mis acciones justifica tales cambios de actitud. De
todo ello deduzco que las etiquetas funcionan; que la política se percibe por
muchos como algo intrínsecamente malo; que los políticos, aunque sea a nivel
humilde de concejal, no son de fiar y que de nada sirve el aval de toda una vida
para estar fuera de sospecha. ... Y como contrapartida, curiosamente, también
aumenta el número de palmaditas en la espalda de personas que apenas si
saludaban hace pocas semanas.
Definitivamente, no es la política un sitio donde hacer ni mantener amigos.
A pesar de ello, y aunque lamente profundamente estas cosas, me siento en el
compromiso de continuar donde estoy y de hacer cuanto esté en mi mano por la
educación y la cultura de mi pueblo con la ayuda de todos aquellos que tengan
algo que aportar. Desde aquí pido esa participación porque uno solo no es nada
y Priego necesita del empuje permanente de muchos para mejorar un poco cada día.