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II ÉPOCA - AÑO XXV - Nº 592 - 1 de Febrero  de 2001

TRIBUNA DEL LECTOR


Ser concejal

José María del Pino

Cuando se llega a cierta edad y se tiene acumulada alguna experiencia, se corre el riesgo de creer que uno ya sabe de la vida. Nada más lejos de la realidad; cualquier pequeño cambio en nuestras rutinas nos demuestra que no sabemos nada y que la vida aún nos reserva sorpresas.
Siempre he creído que las personas valen por lo que son; aunque las circunstancias condicionen permanentemente nuestra trayectoria y cada cual, como un nadador de fondo, procure mantenerse a flote y salvaguardar las fuerzas y la dignidad para seguir adelante. Creo firmemente que la altura moral, la calidad de la persona, está más allá del etiquetado social por pertenencia a grupos o credos; y que al final cada uno es él mismo, independientemente de los vientos a favor o en contra que en ese momento le soplen. Eso es lo que siempre me ha parecido que era; me sorprende comprobar que no es tan así. 
Hace pocos meses que entré en el Ayuntamiento; no puedo decir que casualidad, pero sí desde luego cuando no lo esperaba. Lo hice por el grupo socialista, aunque soy independiente y no milito en ningún partido; y, como concejal de educación, archivos y bibliotecas, procuro hacer lo mejor que sé y puedo aquello que considero beneficioso para la educación y para Priego; aunque, la verdad, aún no he conseguido aprender bien el ejercicio que se espera de un buen edil municipal. Procuro hacer compatible esta tarea con mi profesión docente y vivo esta circunstancia en un permanente estado de estrés derivado de la sensación de no estar rindiendo suficientemente porque podría hacer las cosas mejor; aunque en el fondo sepa que no sería capaz; pero me esfuerzo todo lo que puedo hasta el punto de que mi familia ya empieza a resentirse por mis continuas desatenciones.
Sé que tengo mis defectos. Sé que no soy demasiado disciplinado en nada de lo que me atañe; que tengo limitaciones que me ponen fronteras donde otros no las tienen y que no soy nada ejemplar en según que cosas. No puedo presumir de bueno ni de honrado más allá de lo que razonablemente se pueda atribuir a cualquier persona normal y, por supuesto, no soy modélico para nada ni para nadie; aún así, todavía me queda capacidad para sorprenderme ante la actitud mezclada de torpeza, picardía y desconfianza que muchas, algunas, personas de mi entorno me muestran desde «mi entrada en política».
Me parece notar, y me escandaliza, que personas que me conocen y tratan desde hace años, de pronto, porque sí, me miran con la prevención que suele derivarse de la duda o la decepción de pensar «este no es como yo creía». Noto que he perdido la confianza de más de uno por el solo hecho de asumir mis compromisos y, después de haber reflexionado sobre el particular, pienso que poco o nada en mi conducta o mis acciones justifica tales cambios de actitud. De todo ello deduzco que las etiquetas funcionan; que la política se percibe por muchos como algo intrínsecamente malo; que los políticos, aunque sea a nivel humilde de concejal, no son de fiar y que de nada sirve el aval de toda una vida para estar fuera de sospecha. ... Y como contrapartida, curiosamente, también aumenta el número de palmaditas en la espalda de personas que apenas si saludaban hace pocas semanas.
Definitivamente, no es la política un sitio donde hacer ni mantener amigos.
A pesar de ello, y aunque lamente profundamente estas cosas, me siento en el compromiso de continuar donde estoy y de hacer cuanto esté en mi mano por la educación y la cultura de mi pueblo con la ayuda de todos aquellos que tengan algo que aportar. Desde aquí pido esa participación porque uno solo no es nada y Priego necesita del empuje permanente de muchos para mejorar un poco cada día.


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