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II ÉPOCA - AÑO XXV - Nº 592 - 1 de Febrero  de 2001

TRIBUNA DEL LECTOR


Legalidad injusta

Isabel Rodríguez

Escribo estas líneas a escasas horas de la entrada en vigor de la nueva Ley de Extranjería. Una ley restrictiva, burocrática, que se niega a mirar de frente el drama de quienes arrostran el dolor de la emigración, el riesgo de la propia vida –tantas veces perdida en el empeño–, las dificultades de adaptación en un país extraño, en el que se acostumbra a mirar a los inmigrantes como a no sé qué raro y terrible peligro invasor.
No negará algunos aspectos positivos de la Ley: su propósito de controlar las miserables mafias que comercian con el desamparo y la miseria de los desesperados (será necesario que se arbitren los medios necesarios para conseguir tan laudable objetivo); los contactos con países de fuerte emigración para determinar flujos de trabajadores extranjeros asumibles por nuestro país en condiciones de dignidad laboral y garantías ciudadanas. La Oposición deberá estar muy atenta al eficaz cumplimiento de tales medidas.
Pero todo esto se orienta a un futuro que ojalá sea más claro y más justo. Sin embargo, la Ley olvida, con la proverbial impermeabilidad de la burocracia al factor humano, el drama diario de los que ya están aquí, en condiciones inaceptables para el más elemental sentido de la dignidad y los derechos de las personas. La insensibilidad del Gobierno ante los ecuatorianos, magrebíes, africanos, asiáticos, que ponen en juego lo único de que disponen –su propio cuerpo, macerado en carencias y ahora en peligro por las huelgas de hambre; su frágil libertad, amenazada por su participación en los encierros– para lograr un pequeño hueco al sol en nuestra acomodada sociedad, resulta dolorosa, irritante y difícilmente comprensible. Y viene a brindarnos un nuevo ejemplo de que lo legítimo no coincide siempre con lo legal; de que la ley, de cuyo cumplimiento a nadie se exime, puede no coincidir con la justicia. De que hay una legalidad injusta, y de que, en el conflicto entre justicia y ley, sin duda la actitud ciudadana más digna y gallarda es la opción por lo justo frente a lo legal, la insumisión ante una legalidad injusta que pretende legitimar lo ilegítimo.
Luchar por los derechos de estos desheredados que aspiran a compartir con nosotros una vida más humana no es sólo un deber ineludible hacia los otros. Es también la lucha por cada uno de nosotros, porque cada vez que un derecho humano se conculca, todos somos alcanzados por esa herida.
Alcemos la voz en su nombre. Luchemos por la justicia y por una ley de rostro humano que la represente realmente.


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